Las miradas se encontraron
y casi de inmediato
nuestros labios comenzaron a esperarse.
Nuestros olores se llamaban
y nuestra piel se reclamaba.
El lenguaje de la piel se hizo intenso.
Nuestra saliva se fundió
en la fascinación de los cuerpos
que se impregnó en los sentimientos.
Los besos se multiplicaron
y ya los labios no quisieron dividir
el mágico néctar que resultó ser el beso.
La piel clamó el roce
y el contacto de las manos,
que suave y tenuemente
se deslizaron por el cuerpo,
dibujando en el bosque del placer
el fuego intenso que prendió el deseo.
El cuerpo, entonces, se abandonó a los besos,
tan lenta, tan fuertemente,
que las almas juntas
se aproximaron hasta el cielo.