CAPITULO 1
¿CASUALIDAD O DESTINO?
(Sábado 27 de julio de 2019 — Hora: 5:30 pm)

“¿Casualidad o destino cruzarnos en el camino?”

Era sábado en la tarde, el crepúsculo parecía descender sobre los pinos que suavemente bailaban en la dirección que corría el viento. La puerta principal de la casa quedó abierta y, mientras el doctor Logan Rodríguez se aproximaba a su vehículo, parqueado frente a la casa, un joven pasó con rapidez por su lado, casi chocándolo, y siguió su camino. Logan lo miró extrañado, un poco enojado, exclamó:
—¡Hey!, debes poner cuidado por donde caminas, muchacho.

El joven avanzó sin voltear. Logan, como hombre de paz que solía ser, continuó su camino, se aproximó al vehículo y lo abrió; necesitaba unos documentos que había dejado en su portafolio. Los sacó y, mientras los ojeaba, pensó: «¿Qué se creen estos jóvenes de hoy en día?».

Sacudió su cabeza intentando borrar de su mente lo que, a su juicio, había sido una patanería.

Al interior de la casa, en la sala de estar, Emma, Mariana, Manuela y Emily reían a carcajadas tras un buen chiste que Jacobo, el humorista de la familia, hiciera; si en ese instante hubiesen siquiera sospechado lo que se avecinaba, sus carcajadas se hubieran ahogado en una carrera desesperada por cerrar la puerta.

La familia Rodríguez Hurtado solía reunirse los sábados en la tarde. Este sábado en particular se sentía diferente,

 

no hubo necesidad de prender el aire acondicionado para mitigar el calor del verano, la brisa era deliciosa, entraba sin permiso por ventanas y puertas. La familia estaba reunida jugando monopolio.

Al fondo estaba la mesa del comedor, elaborada en roble, compuesta por seis asientos, cada uno fina y delicadamente tallado en flores; sus banquetas tapizadas en chenille blanco almendra. Al lado izquierdo, a unos dos metros de la mesa, había un moderno bife que le hacía juego al comedor, sobre el cual reposaba un enorme florero blanco, del que asomaban unas intrépidas y hermosas rosas rojas que estaban acompañadas por un girasol imponente en el centro. De la inmensa pared blanca del fondo, colgaba una pintura de Kandinsky.

En la mesa tenían una bandeja con varios tipos de queso, frutos secos, una mermelada sabor a fresa y algunas frutas tiernas. También había una caja muy finamente elaborada en pino, que guardaba un juego de cuchillos aún nuevos; de allí se había tomado uno grande para partir la fruta, uno mediano para partir el queso y uno más pequeño para esparcir la mermelada.

En la sala se lucía un juego de poltronas dispuestas en forma de L, tapizadas igualmente en chenille color blanco almendra; sobre este mueble colgaba, desde la inmensa pared blanca, una pintura abstracta de Eduard Arranz- Bravo. En la amplia mesa de centro, elaborada también en roble y tallada en las mismas delicadas flores que las sillas del comedor y las puertas del bife, había una elegante tabla de quesos, con sus acompañantes perfectamente dispuestos, una botella de Vizcarra Torralvo, Vino Tinto Gran Reserva 2011, dos copas con vino, cuatro vasos con té, una jarra llena de té y una hielera. También había una tabla de Monopolio Clásico con las fichas dispuestas según las

 

jugadas de cada integrante. Logan y su bella esposa, eran amantes del buen queso y del buen vino; sus hijos, Jacobo, Mariana, Manuela y Emily, en cambio, preferían las papitas fritas y la salsa rosada, que usualmente acompañaban con una gaseosa o un té helado. Ese sábado en la tarde, entre la suave brisa y el sonido que dejaba el golpeteo de las hojas de los árboles, al interior de la casa, en el fondo, a volumen moderado, como si fuere una paradoja del destino, se escuchaba la canción de Rubén Blades “Es un gran día en el barrio”.

 

CAPITULO 2

GIRO INESPERADO
(Sábado 27 de julio de 2019 — Hora: 5:25 pm)

“Un paso indebido, una decisión equivocada, una llamada inoportuna, un segundo basta para que la rueda de la fortuna gire a favor o en contra”

Logan reía, y Jacobo en medio del juego no paraba de contar sus chistes; él a cada cosa le encontraba un chascarrillo. Aunque Mariana amaba el sentido del humor de su hermano, en esta oportunidad, un poco seria, exclamó:
—¡Ay ya!, Jacobo, ponle seriedad al juego porque así no vamos a terminarlo nunca.
—Ya, muñeca, ¿qué pasa?, ¿cuál es el afán si la estamos pasando bien?, ¿o es que tienes por ahí un tinieblo que te espera y quieres irte? —dijo Jacobo.
—Tan bobo —refutó Mariana un poco molesta y añadió—: Sólo quiero que continuemos con el juego y le pongamos seriedad.
—Está bien, está bien, vamos a ponerle seriedad al juego
—dijo Jacobo mientras reía con gracia al tiempo que en su rostro afloraba una expresión circunspecta.

Todos rieron a carcajadas. El timbre del iPhone de Logan les sorprendió. Él de inmediato miró la pantalla y exclamó:
—Mis amores, denme unos minutos, me está llamando el notario. Logan se retiró un poco para poder hablar. Emma y sus hijos suspendieron el juego y se dieron tiempo para trinchar quesos, beber té y vino.
—Mmm… me encanta este vino —susurró Emma mientras saboreaba un generoso sorbo con el que acababa de llenar su paladar.
—¿Que vino es, madre? —preguntó Jacobo inquieto.
—De Vizcarra Torralvo, Vino Tinto, reserva 2011
—respondió Emma dándose otro sorbo—, me lo trajo tu papá esta semana —agregó tras una breve pausa en la que saboreo de nuevo el vino.

—¿Puedo probar? —preguntó Emily.
—¿Cómo crees princesa?, estas muy chica aún para el vino —objetó Emma.
—Madre… ¿cómo sabes que es un buen vino? —interpeló Manuela.
—Bueno… el secreto está en saber degustarlo, es necesario tener un buen paladar. Para reconocer un buen vino es importante saborearlo, se debe dar un generoso sorbo, lo que permite que este delicioso líquido recorra cada rincón de la boca y en consecuencia se logre una mejor expresión. La entrada del vino en la boca se le conoce como “ataque” y en ese momento es importante percibir si se trata de vino dulce o seco, es decir, sin dulce. Un buen vino se reconoce por tener vivacidad, buena traslucidez, limpidez, luminosidad y brillo que acentúen sus colores. Si un vino no presenta estas cualidades, se dirá que está apagado o muerto.
—¡Mamá!, ¿de dónde sabes tanto de vinos?
—Bueno niños ustedes saben que papá y yo de vez en cuanto salimos a catar vinos… ¡nos encanta! —replicó Emma—, aunque para ser honesta siempre he creído que a quien le gusta es a mí, y que su padre sólo me alcahuetea.
—Mami no seas mala, déjame probar sólo un sorbito
—gritó Emily mientras miraba a sus hermanos para que acolitaran su pedido.
—Sí, mami, sólo un poquito —dijo Manuela.
—Lo apoyo —respondió Mariana.
—No tiene nada de malo, ni se va a emborrachar por un sorbito —apuntó Jacobo.
—El asunto no es que se vaya a emborrachar por un sorbito, sino que le quede gustando y está muy chica para esto.
—Má… —respondieron todos al unísono.
—Está bien, está bien, pero un sorbito no más —chilló

Emma con una expresión de inconformidad al tiempo que le pasaba su copa a Emily. Ella se llevó la copa a los labios y no más dejar pasar un pequeño sorbo, por un breve instante, estuvo a punto de expulsarlo. No le gustó la sensación de sequedad que se produjo en su boca, en su lengua y en sus encías, fue como un amargor en boca, como una astringencia, muy desagradable.
—¡Guácala! ¡Qué asco! —exclamó Emily—, eso es horrendo.
Todos rieron.
—Yo te dije, pequeña, esto no es para ti —objetó Emma—
. ¡Ni para ninguno de ustedes! —añadió señalándolos con su índice de manera inquisitiva.

Jacobo, Manuela y Mariana rieron a carcajadas. Emily hizo pucheros mirando a su mamá. Logan los interrumpió, mientras se aproximaba a la puerta:
—Ya regreso mis amores, voy al carro a traer mi portafolio, el notario necesita con urgencia una información de un caso que le he radicado.
Miró a Emma y le guiñó un ojo en señal de coquetería.
—¡Ay, papá!, dile al notario que hoy es sábado —exclamó Emily.
—Se lo diré, pequeña —respondió Logan, que ya cruzaba la puerta.

 

CAPITULO 3
VISITA INESPERADA
(Sábado 27 de julio de 2019 — Hora: 5:30 pm)

“Por alguna razón inexplicable a la razón humana, a veces la desgracia suele tocar a la puerta sin llamarla”

Tras haberse chocado con Logan, el muchacho reaccionó, estaba de frente a la gran puerta y pensó: «¡Por fin abrieron! Esto es una señal del cucho, entraré de una vez por todas».

Cruzó la acera, se dirigió a la casa, justo antes de entrar metió la mano en su pantalón y sacó una Glock 26 generación 4, calibre 9 mm, tamaño subcompacto, con capacidad máxima de diez balas, ambidextra, con un grabado en la empuñadura para facilitar el agarre, el marco estaba hecho en polímero y la corredera totalmente en metal, con resorte doble, era un arma bastante liviana, con un peso de una libra y 3.1 onzas, que por ser tan pequeña, se prestaba para el porte oculto. El muchacho la había conseguido en el bajo mundo, a través de un amigo que conocía muy bien y con el que tenía alguna cercanía.

La casa era grande, de dos plantas, tenía una elegante puerta central de roble, en el centro había un círculo en vidrio templado biselado, finamente decorado en forma de mandala que imitaba la “rueda de la sanación” o “rueda medicinal”, originario de los indígenas nativos del norte de Estados Unidos y el sur de Canadá. El diseño tenía un círculo central que estaba conectado a uno más grande a través de radios o líneas divisorias; de la imagen sobresalían los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos: fuego, aire, tierra, y agua, así como animales y plantas sagrados. Los colores oscilaban entre verde azul y naranja, que simbolizaban

 

esperanza, equilibrio, paz, serenidad, armonía, libertad, verdad, fidelidad, progreso, contemplación, creatividad, optimismo, calidez y entusiasmo. Estos colores hacían un mágico contraste con la puerta. A cada lado, dos enormes ventanas también hacían juego con ella.

El joven era alto, excesivamente delgado, tenía ojos color miel, hundidos en un rostro demacrado, sus ojeras eran muy marcadas como si no hubiese dormido bien.

Antes de entrar a la casa se quedó un instante en el umbral de la puerta, levantó la mirada al cielo, se persignó, tomó su arma en la mano derecha.

Al lado derecho había una especie de antesala, un par de banquetas en madera clásica, tapizadas en técnica capitoné, en terciopelo rojo, y una matera blanca de la que asomaba un árbol de la felicidad. Había un pasillo, al fondo una escalera que terminaba en una grada de descanso, sobre esta se apreciaba una enorme pared de donde colgaba una pintura de la familia Rodríguez Hurtado. Al lado izquierdo, tras un muro blanco que dividía el pasillo de la sala, se divertía la familia.

 

 

CAPITULO 4
OBLIGACIÓN Y VIDA
(Sábad 27 de julio de 2019 — Hora: 5:31 pm)

“Cuando todo parece perfecto… algo podría cambiar
el curso del destino”

Logan abrió su portafolio y sacó los documentos que necesitaba. Ojeó varias páginas y se detuvo en una que leyó durante algunos segundos, tomó su iPhone y marcó.

El notario le había llamado algo molesto o preocupado, no logró identificar el tono de su llamada. Logan había radicado un trámite de cesación de efectos civiles de matrimonio católico y consecuente liquidación millonaria de sociedad conyugal. Era el caso de la pareja Holguín Triana, que tras mucho esfuerzo y largas pláticas, en compañía de un whisky escocés de mezcla 700 ml Royal Salute 21 años, con Armando Holguín su cliente, Logan había logrado lo imposible, convencerlo de que aceptara dividir los bienes, como correspondía de acuerdo con la Ley, pues él estaba empecinado en dejar en la calle a su exesposa Clara Triana, porque no le perdonaba que lo hubiera dejado por otro.

Pero esa tarde todo volvió a empezar: Armando y Clara habían ido a ver al notario. De la notaría les habían llamado para unas firmas sin tener en cuenta la recomendación expresa y tajante de Logan: Que todo se manejara a través de él, que el día de las firmas de la escritura pública, él iría personalmente y por separado con cada uno de sus clientes.

 

Cuando le contestaron la llamada Logan dijo:
—Doctor Barragán, menos mal tenía el expediente aquí en mi portafolio; justamente el día de ayer me reuní con Armando para ultimar detalles. Cuénteme, ¿qué fue exactamente lo que pasó?
—Doctor Logan, lo que importa ahora es cómo recuperamos ese negocio —dijo el notario—; sus clientes se presentaron a firmar las escrituras, pero no soportaron la carga de verse y terminaron en una discusión de locura. En conclusión, necesito que le hagamos una visita a Armando esta misma noche; ¡esas escrituras deben firmarse hoy!
—Pero, doctor, ¿por qué citaron a mis clientes sin avisarme? —preguntó Logan.
—Ya no importa, fue una imprudencia de algún funcionario de acá, que ya luego se castigará, pero lo vamos a subsanar hoy —contestó el notario molesto—. ¡Ese negocio no se puede perder!

 

 

CAPITULO 5
LA TORMENTA SE ACERCA
(Sábado 27 de julio de 2019 — Hora: 5:31 pm)
“Un día amanece y el sol brilla y aunque las predicciones del tiempo parecen favorables… en realidad nunca se sabe si se
avecina una gran tormenta”

Tras el final de un buen chiste de Jacobo, su madre y sus hermanas rieron a carcajadas. Emily, que tenía una risa estruendosa, exclamó:
—¡No puedo más!, la quijada se me va a partir —dijo parándose de la silla—, voy a traer más té y de paso, entraré al baño.
—No te demores —dijo Jacobo.
—Continúa sin mí, ya regreso —respondió Emily a lo lejos.
—Bueno, bueno familia, escuchen esto que se van a totear de la risa. Un señor llega al médico con su bebé en brazos y dice: “Doctor, doctor, mi hijo tiene seis meses y no abre los ojos”. El médico le hace un chequeo al bebé y le dijo: “Señor, el que debe abrir bien los ojos es usted; este bebé es chino” —todos rieron.
—Este cuento si está malo, a ver si renueva el portafolio que así no te vas a ganar la vida —afirmó Manuela.
—¿Y quién dijo que pretendo ganarme la vida?, solo quiero verlas reír, aunque sea con chistes malos; sus carcajadas me llenan de alegría —agregó Jacobo con una expresión de galantería que no la superaba ni Logan, su maestro.
—Tan bello, me lo como a picos —dijo Emma mientras se abalanzó sobre él y le dio varios besos.
—Divino mi cuenta chistes —agregó Manuela, al tiempo que Mariana vociferó:
—Uish, es que lo quiero apapachar.

 

Tanto Emma, como Mariana y Manuela, se lanzaron al tiempo sobre Jacobo, lo abrazaron, le dieron varios besos y le hicieron cosquillas. Él rio a carcajadas y se sintió feliz; amaba esos momentos con su familia.

Jacobo era un chico especial, desde muy niño había dejado ver su galantería para con su madre y sus hermanas; su padre era un fuerte referente para eso, pero él también tenía ese don innato. En el jardín de infantes al que iba, cuando aún era un crío, las profesoras siempre contaban, con mucha gracia y admiración, que Jacobo solía salir en defensa de sus compañeras cuando algún niño cometía una falta contra ellas. No admitía ningún roce fuerte o nada que sugiriera brusquedad o maltrato con las niñas. Era consentidor con ellas.

En la secundaria también se había hecho conocer por ser muy respetuoso con todos, con sus profesores, con sus compañeros de clase y se destacaba por tener un trato muy especial con las damas. Jacobo admiraba a su padre, que sí sabía de respeto por el mundo entero y era galante y delicado con las mujeres, especialmente con Emma y sus hermanas. Incluso con la abuela, porque aunque ella dejaba ver su frialdad hacia él y marcaba distancia entre los dos, él le devolvía solamente amor, y ante el reproche de sus hijos, siempre respondía: “No juzguen mis pequeños, nadie sabe la procesión de nadie, la abuela es solo una buena mujer que carga con un gran dolor”.

 

 

CAPITULO 6
CAMBIO DE DESTINO
(Sábado 27 de julio de 2019 — Hora: 5:32 pm)

“En un instante la vida parece ser una… en una milésima de segundo la ruleta gira cambiando su curso sin poder evitarlo”

El muchacho giró a su izquierda y los miró con odio.
—¡Quietos, no griten porque los quiebro a todos!
—vociferó mientas apuntaba con el arma.

Emma quedó paralizada, Mariana y Manuela se abrazaron, casi que por instinto cerraron los ojos intentando desconectar con la realidad. Jacobo de inmediato alzó las manos y mirando fijamente al muchacho musitó:
—No hay problema, está bien, ¡cálmate!, baja el arma
—miró a Emma, ella estaba aterrada.

Jacobo sintió flaquear sus piernas, y un par de lágrimas se asomaron por sus ojos, pero de inmediato las contuvo y le imploró cordura a su madre.
—¡Te prometo que te daremos lo que necesites!
—agregó, volviendo al muchacho— pero no nos hagas daño —le pidió.

El joven movía amenazante su arma de uno a otro, su mirada se desplazaba entre ellos y la puerta. Miraba a su alrededor sin perder de vista su objetivo, detestaba lo que veía, lo que a su juicio eran extravagancias innecesarias. Sentía dolor, pero también mucha ira.
—¡Malditos millonarios! —vociferó.
Aunque amedrentaba a todos con el arma en sus manos, el muchacho se sentía vulnerable, evocó al viejo Chucho, era

 

como si le preguntara a donde iría esa noche. Recordó los días de su niñez, cuando reía sin preocupaciones, cuando veía por alguna ventana de algún vecino “Las aventuras de Tom y Jerry” o “La casa de Mickey Mouse”, cuando jugaba a la lleva y al escondite con los pelados del barrio; recordó incluso, cuando jugaba a los pistoleros con el Brayan.

Apuntó su revolver a Emma, que tenía un celular de alta gama en sus manos, con el que momentos previos grababa las carcajadas de sus hijas y los buenos chistes de Jacobo. Ella cerró los ojos.

Emily había elegido ir al baño social ubicado al fondo del pasillo, en el primer piso de la casa. Había cerrado la puerta y se había puesto los audífonos para escuchar electro pop, su género musical predilecto. Ella solía poner sus canciones favoritas a todo volumen. Hoy no era la excepción. Rodaba Ángel de Emma Duncan, y esta canción sí que la trasportaba a su mundo interior.

Once upon a time there was an angel. She did shine, she did shine, and she didn’t shine. Somehow, she got herself tangled. In his heart, and in his mind. She laid down her wings and her halo. Fate to the ground, to the ground to the ground. Try as she might she couldn’t dim her glow. Let it shine, let it shine, let it shine.

Emily entonaba su canción, llevaba el ritmo, tenía buen tono; podía decirse que tenía buena voz. Ella como todo adolescente era muy activa en las redes sociales, así que mientras escuchaba su canción, deslizaba su pulgar con una gran habilidad por la pantalla de su IPhone y paraba solo para concentrarse en el ritmo de la estrofa que más le gustaba y lograr entonarla con más ímpetu y sentimiento. Emily aprovechó para revisar los mensajes que tenía en su

 

WhatsApp, porque estaba prohibido durante el tiempo en familia concentrarse en el celular, así que tenía unos cuantos sin leer. Abrió los mensajes de un par de compañeros del colegio y los de su mejor amiga. Sonrió, contestó uno que otro mientras cantaba y amagaba con bailar. Guardó su móvil en el bolsillo sin quitarse los audífonos; mientras se miraba al espejo, recordó uno de los mensajes recibidos y se emocionó, al tiempo que cantaba muy alto; advirtió sus cejas despeinadas y las acomodó; se hizo una coleta alta, su cabello era muy largo, valía la pena lucir ese negro azabache perfectamente cuidado, pero tenía calor. Ella estaba en su mundo, su canción era todo lo que sus oídos podían escuchar y lo que mostraba el espejo era todo lo que sus ojos podían ver. El mensaje que le había trasportado, era todo lo que su mente podía concebir, afuera no existía el mundo.
—Pásame tu celular, el reloj y los anillos —gritó el muchacho dirigiéndose a Emma—. Y vos, pásame tu celular y billetera —agregó mirando a Jacobo, pero sin perder de vista a Emma, a las gemelas y la puerta de entrada.
—¡Una de ustedes dos! —gritó mirando a Mariana y Manuela— vaya a buscar dinero, tráiganme dinero, joyas, lo que sea que tengan de valor.
El muchacho hizo una pausa y miró a su alrededor.
—Y la que vaya, no intente nada porque le vuelo los sesos a su querida mamacita. ¡Ya! ¡Que se muevan! —gritó al tiempo que las estrujaba con su mano izquierda.

Manuela ipso facto abrió los ojos, miró al muchacho y lloró. Mariana seguía petrificada. Manuela quiso gritar, pero la mirada asesina del muchacho le dijo que “no”, y sintió terror. Manuela reaccionó de inmediato, soltó a Mariana mientras en su oído susurro:
—Yo voy, trata de conservar la calma, por favor.

 

Mariana lloraba y temblaba mientras creía protegerse en la oscuridad de sus ojos. Escuchó a Manuela, pero apretó con más fuerza los párpados y los puños.

Emma, temblorosa, se apresuró a retirarse los anillos, al tiempo que se levantaba del mueble, estiró sus manos inseguras hacia el muchacho, le entregó su celular y sus joyas: la argolla de boda y el anillo de compromiso, además de un anillo promesa en oro rosa, con un fino diamante que le había regalado su esposo cuando cumplieron veinticinco años de matrimonio. Lo lucía orgullosa en el dedo anular de la mano izquierda.

El muchacho paseaba nervioso el arma entre Emma, Mariana y Jacobo. Las manos de Emma y el muchacho se rozaron con fuerza al momento de la entrega de las pertenencias. Ella sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. El muchacho arrebató grotescamente su botín de las delicadas manos que la mujer cerró y apretó contra su pecho.

Jacobo buscó su billetera en los bolsillos de su pantalón y su camisa. Las manos le sudaban y temblaban. «¿Dónde diablos la había dejado?». En medio de su nerviosismo, se percató de un descuido del muchacho y se abalanzó sobre él. Ambos forcejearon.
—¡No! — gritó Emma.

Mariana volvió de su mundo, ese mundo que no la protegió, ese laberinto oscuro donde no halló contención.

Jacobo intentó quitarle el arma, pero el muchacho con una habilidad indetenible apuntó hacia Emma y apretó el gatillo.
—¡No! —gritaron Mariana y Jacobo.

 

 

CAPITULO 7
EL ALMA DEL MUCHACHO
(Sábado 27 de julio de 2019 — Hora: 5:35 pm)

“Todos tenemos una historia… ninguno es tan bueno o malo como se cree o como parece”

Manuela, con el corazón a punto de salirse de su pecho, subió con rapidez al segundo piso, entró en la habitación de sus padres y buscó desesperadamente el bolso de su madre. Abrió el closet, los cajones, tiró todo a su paso.
—¿Dónde diablos lo dejó? —gritó con desespero mientas abría más cajones, miró hacia la ventana, en uno de los extremos, cerca del mueble de televisión estaba el perchero del que colgaba un blazer de su papá, corrió hacia él y haló la prenda. El perchero se vino sobre ella y lo detuvo con las manos, sin evitar ser golpeada en la cara. Debajo del saco alcanzó a ver el bolso. Vació el contenido sobre la cama, pero no encontró la billetera, solo un reloj inteligente de Michael Kors, equipado con seguimiento de frecuencia cardíaca, métodos de pago, funcionalidad a prueba de natación, compatible con el iPhone de Emma, regalo que le había dado su papá a su mamá en un aniversario.

“Y todo lo que encuentres de valor”, recordó que le había dicho el muchacho.
—¡Diablos!

Manuela recordó que las joyas y el dinero se guardaban en la caja fuerte.
—¡Maldita sea! —dijo mientras seguía buscando—.
¿Dónde está la billetera?

Se dirigió al vestidor angustiada, apretaba con fuerza el reloj, como si presintiera que se le escapaba, como si creyera

que era la salvación de todos; le temblaban las piernas. Avanzó dos pasos cuando escuchó el grito angustiado de su madre seguido de un disparo. Manuela se quedó paralizada en el marco de la puerta, entre la habitación de sus padres y el baño de la alcoba matrimonial.

El muchacho sintió un frío que recorrió su cuerpo. Vinieron a su mente su abuelo, su madre, su novia embarazada, su hija. Volvió a recordar su niñez, los juegos de pistoleros que solía tener con su hermano mayor, los regaños de su abuelo Chucho, al que no le gustaban las armas. Una vez le botó todos los juguetes que representaran cualquier tipo de armamento. Se le vino a la mente la pataleta que hizo, cómo lloró toda la tarde, pero luego se vio sentado en las piernas de su abuelo, quien lo había calmado con la chupeta de su preferencia, y le había explicado lo que hacían las armas en la realidad.
—¡Mierda! —exclamó el muchacho—. «Otra vez en lo mismo» —pensó.

Recordó a Brayan, su hermano mayor y la forma como había incursionado en ese mundo del que ya no podía ni quería salir. El abuelo Chucho no había logrado convencer al Brayan con chupetas, él tenía claro lo que quería: ¡El poder! En su mente se difuminó Brayan.

«Qué importaba Brayan». Volvió a recordar al viejo Chucho, su abuelo. Se sacudió los recuerdos. No había tiempo para remordimientos.

Mariana, que no había abierto los ojos desde la perturbadora aparición del muchacho, volvió de la oscuridad y se arrojó sin pensarlo sobre el cuerpo de su madre, que cayó con una expresión de terror; su lánguido cuerpo aterrizó sobre el reluciente mueble blanco almendra que inmediatamente comenzó a teñirse de rojo intenso.

 

 

CAPITULO 8
AMOR Y DESTINO
(Jueves 25 de julio de 2019 — Hora: 4:00 pm)

“El amor todo lo puede…
¿También cambia el destino que ya está escrito?”

Logan introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Se quedó en el umbral. Ese día había llegado más temprano. Dos horas antes había sostenido una insinuante conversación con Emma. Ella era una mujer hermosa de estatura por fuera del promedio, delgada con una cabellera larga y lacia color negro azabache; sus ojos eran de un oscuro intenso; su piel color trigo, a pesar de sus cuarenta y seis años, la tenía tersa como la de un bebé. Logan adoraba la forma de sus caderas. Se estremecía solo de recordar a su esposa. Le excitaba hasta el pensamiento. Ella lo había invitado a llegar temprano, había prometido sorprenderle, pero la casa se sentía sola.

Había sido un día complicado para Logan: varias audiencias que atender y clientes difíciles. Aunque se había especializado en derecho de familia por convicción, a veces aborrecía el ejercicio de la profesión porque no era fácil tratar con las parejas a punto de divorciarse y con la liquidación de bienes; cuando no había un acuerdo entre las partes era algo desgastante. Aunque mediar en estos conflictos le dejaba muy buenas ganancias, deseaba que todas las parejas fueran tan felices como él y Emma.

Logan avanzó al interior de la casa. Había mucho silencio, no había visto el vehículo de su esposa parqueado afuera. Si no estaba allí era que no había llegado; ella solía dejar el carro frente a la casa para que Logan o Jacobo lo metieran

 

al garaje. Sacó su móvil y marcó. No respondió nadie al otro lado, se fue a buzón de voz. Ella había prometido que lo esperaría, él estaba ansioso.
—¡Neegraaa! —gritó.

Avanzó por el pasillo y subió lentamente las escaleras, tenía la leve sensación de que Emma estaba en casa, pero dónde había dejado el carro. «¿Sería este alguno de sus juegos?», pensó. Llegó hasta la escalera de descanso que conducía al segundo piso, no pudo evitar detenerse frente a la pintura de su familia, se sintió feliz y bendecido; tenía todo lo que quería en la vida, unos hijos maravillosos, una esposa que aún lo enamoraba.
—¡Gracias, Dios! —dijo.

Siguió subiendo lentamente, estaba a la expectativa.
—Amor, ¿estás aquí? ¿Ahora qué te has inventado?
—preguntó.

No había terminado de hablar cuando escuchó una melodía extraña.
—Mmm, esto pinta bien —musitó Logan, al tiempo que sonreía con una expresión de picardía.

Se quedó de pie en el último escalón, miró hacia la puerta de su habitación, y de pronto, en el marco de la puerta, como una alucinación, apareció Emma en un sensual y místico baile árabe que se complementaba de manera perfecta con un atuendo badlah que llevaba puesto.

El traje estaba elaborado en finos y delicados velos blancos que traslucían la seducción de sus caderas, a la altura del pubis un cinturón en lentejuelas tornasoladas y finas monedas que emitían un sonido relajante. Logan sonrió fascinado, mordió su labio inferior.

Patricia Marulanda

Emma se había pintado los labios perfectamente con un color rojo escarlata, había alargado un poco más sus pestañas, sonreía traviesa, mientras pasaba suavemente la lengua por los labios. Con sus manos coquetas invitó a Logan para que se acercara. Él estaba anonadado, sintió el calor y el éxtasis en el cuerpo, le inquietaba ese juego de su esposa, ese sutil movimiento de su lengua y el contoneo de su cadera incitándolo, el fino y delicado movimiento de sus manos.

Él quería vivir estos momentos por siempre. Sonrió complacido, excitado, subió el escalón que le faltaba, comenzó a desabotonar su camisa.

CAPÍTULO 1

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:30 pm)

“¿Casualidad o destino cruzarnos en el camino?”

Era sábado en la tarde, el crepúsculo parecía descender sobre los pinos que suavemente bailaban en la dirección que corría el viento, la puerta principal de la casa quedó abierta y, mientras el doctor Logan Rodríguez se aproximaba a su vehículo, parqueado frente a la casa, un joven pasó con rapidez por su lado, casi chocándolo, y siguió su camino. El doctor Logan lo miró extrañado, un poco enojado y exclamó:

—¡Hey!, debes poner cuidado por donde caminas, muchacho.

El joven avanzó sin voltear. El doctor Logan, como hombre de paz que solía ser, prosiguió su camino. Se aproximó al vehículo y lo abrió. Necesitaba unos documentos que había dejado en su portafolio. Los sacó y, mientras los ojeaba, pensó: «¿Qué se creen estos jóvenes de hoy en día?». Sacudió su cabeza intentado borrar de su mente lo que, a su juicio, había sido una patanería.

Al interior de la casa, en la sala de estar, Emma, Mariana, Manuela y Emily reían a carcajadas tras un buen chiste que Jacobo, el humorista de la familia, hiciera; si en ese instante hubiesen siquiera sospechado lo que se avecinaba, sus carcajadas se hubieran ahogado en una carrera desesperada por cerrar la puerta.

La familia Rodríguez Hurtado solía reunirse los sábados en la tarde. Este sábado en particular se sentía diferente, no hubo necesidad de prender el aire acondicionado para mitigar el calor del verano, la brisa era deliciosa, entraba sin permiso por ventanas y puertas. La familia estaba reunida jugando monopolio.

 

Al fondo estaba la mesa de comedor, elegantemente elaborada en roble, compuesta por seis asientos, cada uno fina y delicadamente tallado en flores; sus banquetas tapizadas en chenille blanco almendra. Al lado izquierdo, a unos dos metros de la mesa, estaba un moderno bifet, que le hacía juego al comedor, sobre el cual reposaba un enorme y llamativo florero blanco, del que asomaban unas intrépidas y hermosas rosas rojas, acompañadas por un girasol grande e imponente en el centro. De una inmensa pared blanca, al fondo del comedor, colgaba una pintura de Kandinsky. 

En la mesa de comedor reposaba una bandeja con varios tipos de queso, frutos secos, un envase de vidrio con mermelada sabor a fresa y algunas frutas tiernas. También había una caja muy finamente elaborada en pino, que guardaba un juego de cuchillos aun nuevos; de allí se había tomado uno grande para partir la fruta, uno mediano para partir el queso y uno más pequeño para esparcir la mermelada. En la sala se lucía un juego de poltronas dispuestas en forma de L, tapizadas igualmente en chenille color blanco almendra; sobre este mueble colgaba, desde la inmensa pared blanca, una pintura abstracta de Eduard Arranz-Bravo. En la amplia mesa de centro, elaborada también en roble y tallada en las mismas delicadas flores que las sillas del comedor y las puertas del bifet, había una elegante tabla de quesos, con sus acompañantes perfectamente dispuestos, una botella de Vizcarra Torralvo, Vino tinto Gran Reserva 2011, dos copas con vino, 4 vasos con té, una jarra llena de té y una hielera. También había una tabla de Monopolio Clásico con las fichas. dispuestas según las jugadas de cada integrante. El doctor Logan y su bella esposa, eran amantes del buen queso y del buen vino; sus hijos, Jacobo, Mariana, Manuela y Emily, en cambio, preferían las papitas fritas y la salsa rosada, que usualmente acompañaban con una Coca Cola o un té helado. Ese sábado en la tarde, entre la suave brisa y el sonido que dejaba el golpeteo de las hojas de los árboles, al interior de la casa, en el fondo, a volumen moderado, como si fuere una paradoja del destino, se escuchaba la canción de Rubén Blades “Es un gran día en el Barrio”. 

CAPÍTULO 2

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:25 pm)

“Un paso indebido, una decisión equivocada, una llamada inoportuna, un segundo basta para que la rueda de la fortuna gire a favor o en contra”

El doctor Logan reía, Jacobo, en medio del juego no paraba de contar sus chistes, a cada cosa le encontraba un chascarrillo, aunque Mariana amaba el sentido del humor de su hermano, en esta oportunidad, un poco seria, exclamó:

—¡Ay ya! Jacobo, ponle seriedad al juego porque así no vamos a terminarlo nunca.

—Ya, muñeca, ¿qué pasa?, ¿cuál es el afán si la estamos pasando bien?, ¿o es que tienes por ahí un tinieblo que te espera y quieres irte? —dijo Jacobo.

—Tan bobo —refutó Mariana un poco molesta y añadió—: Solo quiero que continuemos con el juego y le pongamos seriedad.

—Está bien, está bien, vamos a ponerle seriedad al juego —dijo Jacobo mientras reía con gracia al

tiempo que en su rostro afloraba una expresión circunspecta. Todos rieron a carcajadas. El timbre del iPhone del doctor Logan les sorprendió, el de inmediato miró la pantalla y exclamó:

—Mis amores, denme unos minutos me está llamando el notario. Logan se retiró un poco para poder hablar. Emma y sus hijos suspendieron el juego y se dieron tiempo para trinchar quesos, beber té y vino.

—Mmm… me encanta este vino —susurró Emma mientras saboreaba un generoso sorbo con el que acababa de llenar su paladar.

—¿Que vino es, madre? —preguntó Jacobo inquieto

—De Vizcarra Torralvo, vino tinto, reserva 2011

— respondió Emma dándose otro sorbo —, me lo trajo tu papá esta semana —agregó tras una breve pausa en la que saboreo de nuevo el vino.

—¿Puedo probar? —preguntó Emily.

—¿Cómo crees princesa?, estas muy chica aun para el vino —objetó Emma.

—Madre… ¿cómo sabes que es un buen vino?

—interpeló Manuela.

—Bueno… el secreto está en saber degustarlo, es importante tener un buen paladar. Para reconocer un buen vino es importante saborearlo, se debe dar un generoso sorbo, lo que permite que este delicioso líquido recorra cada rincón de la boca y en consecuencia se logre una mejor expresión. La entrada del vino en la boca se le conoce como “ataque” y en ese momento es importante percibir si se trata de vino dulce o seco, es decir, sin dulce. Un buen vino se reconoce por tener vivacidad, buena traslucidez, limpidez, luminosidad y brillo que acentúen sus colores. Si un vino no presenta estas cualidades, se dirá que está apagado o muerto.

 

—¡Mamá!, ¿de dónde sabes tanto de vinos?

—Bueno niños ustedes saben que papá y yo de vez en cuanto salimos a catar vinos… ¡nos encanta!

—replicó Emma—, aunque para ser honesta siempre he creído que a la que me gusta es a mí, y que su padre solo me alcahuetea.

—Mami no seas mala, déjame probar solo un sorbito —gritó Emily mientras miraba a sus hermanos para que acolitaran su pedido.

—Sí, mami, solo un poquito —dijo Manuela.

—Lo apoyo —respondió Mariana.

—No tiene nada de malo, ni se va a emborrachar por un sorbito —apuntó Jacobo.

—El asunto no es que se vaya a emborrachar por un sorbito, sino que le quede gustando y está muy chica para esto.

—Má… —respondieron todos al unísono

—Está bien, está bien, pero un sorbito nomás — chilló Emma con una expresión de inconformidad al tiempo que le pasaba su copa a Emily. Ella se llevó la copa a los labios y no más dejar pasar un pequeño sorbo, por un breve instante, escapó de expulsarlo de nuevo. No le gustó la sensación de sequedad que se produjo en su boca, en su lengua y en sus encías, fue como un amargor en boca, como una astringencia, a su percepción, muy desagradable.

—¡Guácala! ¡Qué asco! — gritó Emily —, eso es horrendo.

Todos rieron

—Yo te dije, pequeña, esto no es para ti —objetó Emma—, ni para ninguno de ustedes —añadió señalándolos con su índice de manera inquisitiva. Jacobo, Manuela y Mariana rieron a carcajadas. Emily hizo pucheros mirando a su mamá. El doctor Logan los interrumpió, mientras se aproximaba a la puerta:

—Ya regreso mis amores, voy al carro a traer mi portafolio, el notario necesita con urgencia una información de un caso que le he radicado.

Miró a Emma y le guiñó un ojo en señal de coquetería.

—¡Ay, papá!, dile al notario que hoy es sábado — exclamó Emily.

—Se lo diré, pequeña —respondió Logan, que ya cruzaba la puerta.

 

CAPÍTULO 3

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:30 pm)

“Por alguna razón inexplicable a la razón humana, a veces la desgracia suele tocar a la puerta sin llamarla”

Tras haberse chocado con el doctor Logan, el muchacho reaccionó, estaba de frente a la gran puerta y pensó: «¡Por fin abrieron! Esto es una señal del cucho, entraré de una vez por todas».

Cruzó la acera, se dirigió a la casa y, justo antes de entrar, metió la mano en su pantalón y sacó una Glock 26 generación 4 calibre 9 mm, tamaño subcompacto, con capacidad máxima de 10 balas, ambidiestra, con un grabado en la empuñadura para facilitar el agarre, el marco estaba hecho en polímero y la corredera totalmente en metal, con resorte doble, era un arma bastante liviana, con un peso de 1 libra y

3.1 onzas. Esta arma, por ser tan pequeña, se prestaba para el porte oculto. El muchacho la había conseguido en el baj

que conocía muy bien y con el que tenía alguna cercanía.

La casa era grande, de dos plantas, tenía una elegante puerta central de roble, en el centro había un círculo en vidrio templado biselado, finamente decorado en forma de mándala, que imitaba la “rueda de la sanación o “rueda medicinal”, originario de los indígenas nativos del norte de Estados Unidos y el sur de Canadá. El diseño tenía un círculo central que estaba conectado a uno más grande a través de radios o líneas divisorias; de la imagen sobresalían los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos: fuego, aire, tierra, y agua, así como animales y plantas sagrados.

Los colores oscilaban entre verde azul y naranja, que simbolizaban esperanza, equilibrio, paz, serenidad, armonía, libertad, verdad, fidelidad, progreso, contemplación, creatividad, optimismo, calidez y entusiasmo. Estos colores hacían un mágico contraste con la puerta. A cada lado, dos enormes ventanas también hacían juego con ella.

El joven era alto, excesivamente delgado, de ojos color miel, hundidos en un rostro demacrado, con ojeras muy marcadas, como si no hubiese dormido bien. Levantó la mirada al cielo, se persignó, tomó su

arma en la mano derecha, entró a la casa y se quedó un instante en el umbral de la puerta.

Al lado derecho había una especie de antesala, un par de banquetas en madera clásica, tapizadas en técnica capitoné, en terciopelo rojo, y una matera blanca de la que asomaba un árbol de la felicidad. Había un pasillo, al fondo una escalera que terminaba en una grada de descanso, sobre esta se apreciaba una enorme pared de donde colgaba una hermosa pintura de la familia Rodríguez Hurtado. Al lado izquierdo, tras un muro blanco que dividía el pasillo de la sala, se divertía la familia.

CAPÍTULO 4

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:31 pm)

“Cuando todo parece perfecto… algo podría cambiar el curso del destino”

El doctor Logan abrió su portafolio y sacó los documentos que necesitaba; ojeó varias páginas y se detuvo en una que leyó durante algunos segundos; tomó su iPhone y marcó. El notario le había llamado algo molesto o preocupado, no logró identificar el tono de su llamada. El doctor Logan había radicado un trámite de cesación de efectos civiles de matrimonio católico y consecuente liquidación millonaria de sociedad conyugal. Era el caso de la pareja Holguín Triana. Tras mucho esfuerzo y largas pláticas, en compañía de un whisky escocés de mezcla 700 ml Royal Salute 21 años, con Armando Holguín, su cliente, había logrado que aceptara dividir los bienes, como correspondía de acuerdo con la Ley, pues estaba empecinado en dejar en la calle a Clara Triana, su exesposa. No le perdonaba que lo hubiera dejado por otro. El doctor Logan había logrado lo

imposible: convencerlo. Pero esa tarde todo volvió a empezar: Armando y Clara habían ido a ver al notario. De la notaría les habían llamado para unas firmas sin tener en cuenta la recomendación expresa y tajante del doctor Logan: «Que todo se manejara a través de él, que el día de las firmas de la escritura pública, él iría personalmente y por separado con cada uno de sus clientes».

 

— Doctor Barragán —dijo el doctor Logan al notario, que le escuchaba al otro lado del celular—, menos mal tenía el expediente aquí en mi portafolio, justamente el día de ayer me reuní con Armando para ultimar detalles.

— Cuénteme, ¿qué fue exactamente lo que pasó?

— Doctor Logan, lo que importa ahora es como recuperamos ese negocio —dijo el notario al otro lado de la línea. Sus clientes se presentaron a firmar las escrituras, pero no soportaron la carga de verse y terminaron en una discusión de locura —respondió el notario exaltado—. En conclusión, necesito que le hagamos una visita a Armando esta misma noche, esas escrituras deben firmarse hoy.

— Pero, doctor, ¿por qué citaron a mis clientes sin avisarme? —preguntó Logan.

— Ya no importa, doctor Logan, fue una imprudencia de algún funcionario de acá, que ya luego se castigará, pero lo vamos a subsanar hoy —contestó el notario molesto—. ¡Ese negocio no se puede perder!

CAPÍTULO 5

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:31 pm)

“Un día amanece y el sol brilla y aunque las predicciones del tiempo parecen favorables… en realidad nunca se sabe si se avecina una gran tormenta”

Tras el final de un buen chiste de Jacobo, su madre y sus hermanas rieron a carcajadas. Emily, que tenía una risa estruendosa, exclamó:

— No puedo más, Jacobo, la quijada se me va a partir —dijo parándose de la silla—, voy a traer más té y de paso, entraré al baño.

— No te demores — dijo Jacobo.

— Continúa sin mí, ya regreso —respondió Emily a lo lejos.

— Bueno, bueno, familia, escuchen esto que se van a totear de la risa —dijo Jacobo—. Un señor llega al doctor con su bebé en brazos: “Doctor, doctor, mi hijo tiene 6 meses y no abre los ojos”. El doctor le hace un chequeo al bebé y dice al padre: “Señor, el que debe abrir los ojos es usted, este bebé es chino”.

Todos rieron.

— Este cuento si está como malo, Jacobo, a ver renueva el portafolio que así no te vas ganas la vida

—dijo Manuela.

— ¿Y quién dijo que pretendo ganarme la vida, chiquita?, solo quiero verlas reír, aunque sea con chistes malos —respondió Jacobo—, ver reír a las mujeres más bellas del universo, que tengo la fortuna de tener en casa, es lo mejor. —agregó con una expresión de galantería que no le superaba ni el doctor Logan, su maestro.

 

— Tan bello mi muñeco, me lo como a picos — dijo Emma mientras se abalanzó sobre Jacobo y lo llenó de besos.

— Divino mi hermanito preferido —agregó Manuela, al tiempo que Mariana vociferó:

—Uish, es que lo quiero apapachar.

Tanto Emma como Mariana y Manuela, al tiempo, se abalanzaron sobre Jacobo, lo abrazaron, le llenaron de besos y cosquillas. Jacobo rio a carcajadas y se sintió feliz. Él amaba esos momentos con su familia.

Jacobo era un chico especial, desde muy niño había dejado ver su galantería para con su madre y sus

hermanas; su padre era un fuerte referente para eso, pero él también tenía ese don innato. En el jardín de infantes al que iba, cuando aún era un crio, las profesoras siempre contaban, con mucha gracia y admiración, al doctor Logan y a su esposa, que Jacobo solía salir en defensa de sus compañeras cuando algún niño cometía una falta contra ellas. No admitía ningún roce fuerte o nada que sugiriera brusquedad o maltrato con las niñas. Era consentidor con ellas.

En la secundaria también se había hecho conocer por ser muy respetuoso con todos, con sus profesores, con sus compañeros de clase y se destacaba por tener un trato muy especial con las damas. Jacobo admiraba a su padre, que sí sabía de respeto por el mundo entero y era galante y delicado con las damas, especialmente con Emma y sus hermanas. Incluso con la abuela, aunque esta dejaba ver su frialdad hacia Logan y la marcada distancia que ponía entre los dos. Él le devolvía solo amor y ante el reproche de sus hijos, siempre respondía: «No juzguen mis pequeños, nadie sabe la procesión de nadie, la abuela es solo una buena mujer que carga con un gran dolor».

CAPÍTULO 6

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:32 pm)

“En un instante la vida parece ser una… en una milésima de segundo la ruleta gira cambiando su curso sin poder evitarlo”

El muchacho giró a su izquierda y los miró con odio.

— Quietos, no griten porque los quiebro a todos

—vociferó mientas apuntaba con el arma.

Emma quedó paralizada, Mariana y Manuela se abrazaron, casi que por instinto cerraron los ojos intentando desconectar con la realidad. Jacobo de inmediato alzó las manos y mirando fijamente al muchacho musitó:

— No hay problema, está bien, cálmate, baja el arma —miró a Emma, ella estaba aterrada. Jacobo sintió flaquear sus piernas; un par de lágrimas se asomaron por sus ojos, pero de inmediato las contuvo y le imploró cordura a su madre—. Te prometo que te daremos lo que necesites —agregó,

volviendo al muchacho —, pero no nos hagas daño

— suplicó.

El joven movía su arma de un rehén a otro, su mirada se desplazaba entre ellos y la puerta. Miraba a su alrededor sin perder de vista su objetivo, detestaba lo que veía, lo que a su juicio eran extravagancias innecesarias, sentía dolor, pero también mucha ira.

— Malditos ricos —vociferó.

Aunque amedrentaba a todos con el arma en sus manos, el muchacho se sentía vulnerable, evocó al viejo Chucho, era como si le preguntara a donde iría esa noche. Recordó los días de su niñez, cuando reía sin preocupaciones, cuando veía por alguna ventana de algún vecino “Las aventuras de Tom y Jerry” o “La casa de Mickey Mouse”, cuando jugaba a la lleva y al escondite con los pelados del barrio; recordó incluso, cuando jugaba a los pistoleros con el Brayan.

Apuntó su revolver a Emma, que tenía un celular de alta gama en sus manos, con el que momentos previos grababa las carcajadas de sus hijas y los buenos chistes de Jacobo. Ella cerró los ojos.

Emily había elegido ir al baño social ubicado al fondo del pasillo, en el primer piso de la casa. Había

escuchar electropop, su género musical predilecto. Ella solía poner sus canciones favoritas a todo volumen. Hoy no era la excepción. Rodaba Ángel de Emma Ducan, y esta canción sí que la trasportaba a su mundo interior.

Once upon a time there was an angel. She did shine, she did shine, and she didn’t shine. Somehow she got herself tangled. In his heart, and in his mind. She laid down her wings and her halo. Fate to the ground, to the ground to the ground. Try as she might she couldn’t dim her glow. Let it shine, let it shine, let it shine.

Emily entonaba su canción, llevaba el ritmo, tenía buen tono, podía decirse que tenía buena voz. Emily, como todo adolescente, era muy activa en las redes, así que mientras escuchaba su canción, deslizaba su pulgar con una gran habilidad por la pantalla de su IPhone y paraba solo para concentrarse en el ritmo de la estrofa que más le gustaba, para entonarla con más ímpetu y sentimiento, o para leer algo que hubiese llamado su atención en las redes. Emily aprovechó para revisar los mensajes que tenía en su WhatsApp. Estaba prohibido durante su tiempo en familia concentrarse en el celular, así que tenía unos cuantos sin leer. Abrió los mensajes de un par de compañeros del colegio y los de Gabriela, su mejor amiga, sonrió, contestó uno que otro mientras cantaba y amagaba con bailar. Guardó su móvil en el bolsillo sin quitarse los audífonos; mientras se miraba al espejo, recordó uno de los mensajes recibidos y se emocionó, al tiempo que cantaba muy alto; advirtió sus cejas despeinadas y las acomodó; se hizo una coleta alta, su cabello era muy largo, valía la pena lucir ese negro azabache perfectamente cuidado, pero tenía calor. Emily estaba en su mundo, su canción era todo lo que sus oídos podían escuchar, lo que mostraba el espejo, todo los que sus ojos podían ver, el mensaje que le había trasportado, todo lo que su mente podía concebir, afuera no existía el mundo.

 

— Tan bello mi muñeco, me lo como a picos — dijo Emma mientras se abalanzó sobre Jacobo y lo llenó de besos.

— Divino mi hermanito preferido —agregó Manuela, al tiempo que Mariana vociferó:

—Uish, es que lo quiero apapachar.

Tanto Emma como Mariana y Manuela, al tiempo, se abalanzaron sobre Jacobo, lo abrazaron, le llenaron de besos y cosquillas. Jacobo rio a carcajadas y se sintió feliz. Él amaba esos momentos con su familia.

Jacobo era un chico especial, desde muy niño había dejado ver su galantería para con su madre y sus

hermanas; su padre era un fuerte referente para eso, pero él también tenía ese don innato. En el jardín de infantes al que iba, cuando aún era un crio, las profesoras siempre contaban, con mucha gracia y admiración, al doctor Logan y a su esposa, que Jacobo solía salir en defensa de sus compañeras cuando algún niño cometía una falta contra ellas. No admitía ningún roce fuerte o nada que sugiriera brusquedad o maltrato con las niñas. Era consentidor con ellas.

En la secundaria también se había hecho conocer por ser muy respetuoso con todos, con sus profesores, con sus compañeros de clase y se destacaba por tener un trato muy especial con las damas. Jacobo admiraba a su padre, que sí sabía de respeto por el mundo entero y era galante y delicado con las damas, especialmente con Emma y sus hermanas. Incluso con la abuela, aunque esta dejaba ver su frialdad hacia Logan y la marcada distancia que ponía entre los dos. Él le devolvía solo amor y ante el reproche de sus hijos, siempre respondía: «No juzguen mis pequeños, nadie sabe la procesión de nadie, la abuela es solo una buena mujer que carga con un gran dolor».

CAPÍTULO 7

(Sábado, 27 de julio de 2019 — Hora: 5:35 pm)

“Todos tenemos una historia… ninguno es tan bueno o malo como se creé o como parece”

Manuela, con el corazón a punto de salirse de su pecho, subió con rapidez al segundo piso, entró en la habitación de sus padres y buscó desesperadamente el bolso de su madre. Abrió el closet, los cajones, tiró todo a su paso.

— ¿Dónde diablos lo ha dejado? —gritó con desespero mientas abría más cajones, miró hacia la ventana, en uno de los extremos, cerca del mueble de televisión, estaba el perchero del que colgaba un blazer de su papá, corrió hacia él y haló la prenda. El perchero se vino sobre ella y lo detuvo con las manos, sin evitar ser golpeada en la cara. Debajo del saco alcanzó a ver el bolso. Vació el contenido sobre la cama, pero no encontró la billetera, solo un reloj inteligente de Michael Kors, equipado con seguimiento de frecuencia cardíaca, métodos de pago,

funcionalidad a prueba de natación, compatible con el iPhone de Emma, regalo que le diera su papá a su mamá en un aniversario. «Y todo lo que encuentres de valor», recordó que le había dicho el muchacho.

— ¡Diablos! —Manuela recordó que las joyas y el dinero se guardaban en la caja fuerte—. ¡Maldita sea!

—dijo mientras seguía buscando— ¿Dónde está la billetera?.

Se dirigió al vestidor angustiada, apretaba con fuerza el reloj, como si presintiera que se le escapaba, como si creyera que era la salvación de todos; sus piernas le temblaban, avanzó dos pasos cuando escuchó el grito angustiado de su madre seguido de un disparo. Manuela quedó ahí, en ese instante, en el marco de la puerta, entre la habitación de sus padres y el baño de la alcoba matrimonial.

 

El muchacho sintió un frío que recorrió su cuerpo, vino a su mente su abuelo, su madre, su novia embarazada, su hija. Volvió a recordar su niñez, los juegos de pistoleros que solía tener con su hermano mayor, los regaños de su abuelo Chucho, a él no le gustaban las armas. Una vez le botó todos los juguetes que representaran un arma. Se le vino a la mente la pataleta que hizo, como lloró toda la tarde,

pero luego se vio sentado en las piernas de su abuelo, quien lo había calmado con la chupeta de su preferencia, y le había explicado lo que hacían las armas en la realidad.

— ¡Mierda! —exclamó el muchacho, «otra vez en lo mismo», pensó. Recordó a Brayan, su hermano mayor y la forma como había incursionado en ese mundo del que ya no podía ni quería salir. Al Brayan, el abuelo Chucho no había logrado calmarlo con chupetas, él tenía claro lo que quería: ¡El poder! En su mente se difuminó Brayan. «Qué importaba Brayan», volvió a recordar al viejo Chucho, su abuelo. Se sacudió los recuerdos. No había tiempo para remordimientos.

Mariana, que no había abierto los ojos desde la grotesca aparición del muchacho en la entrada de su casa, volvió de la profundidad de su mirada y se abalanzó sin pensarlo sobre el cuerpo de su madre, que cayó con una expresión de terror; su lánguido cuerpo aterrizó sobre el reluciente mueble blanco almendra que inmediatamente comenzó a teñirse de un rojo intenso.

CAPÍTULO 8

(Jueves, 25 de julio de 2019 — Hora: 4:00 pm)

“El amor todo lo puede… ¿También cambia el destino que ya ésta escrito?”

Logan introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Se quedó en el umbral. Ese día había llegado más temprano. Dos horas antes había sostenido una insinuante conversación con Emma. Ella era una mujer hermosa, de estatura por fuera del promedio, delgada, de cabellera larga y lacia, negro azabache; sus ojos eran de un negro intenso, su piel color trigo y, no obstante, a sus 46 años, era tersa como la de un bebé. Logan amaba la forma de sus caderas. Se estremecía solo de recordar a su esposa. Le excitaba hasta el pensamiento. Ella lo había invitado a llegar temprano, había prometido sorprenderle, pero la casa se sentía sola.

Había sido un día complicado para Logan: varias audiencias que atender y clientes difíciles. Aunque se había especializado en derecho de familia por convicción, a veces lo aborrecía, no era fácil tratar

con las parejas a punto de divorciarse, la liquidación de bienes, cuando no había un acuerdo entre las partes era algo desgastante. Aunque mediar en estos conflictos le dejaba muy buenas ganancias, deseaba que todas las parejas fueran tan felices como él y Emma.

Logan avanzó al interior de la casa. Había mucho silencio, no había visto el vehículo de su esposa parqueado afuera. Si no estaba afuera, no había llegado; ella solía dejar el carro frente a la casa para que Logan o Jacobo lo metieran al garaje. Sacó su móvil y marcó. No respondió nadie al otro lado, se fue a buzón de voz. Ella había prometido que lo esperaría, él estaba ansioso.

— ¡Neegraaa! —gritó. Avanzó por el pasillo y subió lentamente las escaleras, tenía la leve sensación de que Emma estaba en casa, pero dónde había dejado el carro. «¿Sería este alguno de sus juegos?», pensó. Llegó hasta la escalera de descanso que conducía al segundo piso, no pudo evitar detenerse frente a la pintura de su familia, se sintió feliz y bendecido; tenía todo lo que quería en la vida, unos hijos maravillosos, una esposa que aún lo enamoraba.

 

— ¡Gracias, Dios! —dijo. Siguió subiendo

lentamente, estaba a la expectativa— Amor, ¿estás aquí? ¿Ahora qué te has inventado? —preguntó. No había terminado de hablar cuando escuchó una melodía extraña.

— Mm, esto pinta bien —musitó el doctor Logan, al tiempo que sonrió con una expresión de picardía. Se quedó de pie en el último escalón, miró hacia la puerta de su habitación, y de pronto, en el marco de la puerta, como una alucinación, apareció Emma en un sensual y místico baile árabe que se complementaba de manera perfecta con un atuendo bedlah que llevaba puesto. El traje estaba elaborado en finos y delicados velos blancos que traslucían la seducción de sus caderas, a la altura del pubis un cinturón en lentejuelas tornasoladas y finas monedas que emitían un sonido relajante. Logan sonrió fascinado, mordió su labio inferior.

Emma se había pintado los labios perfectamente con un color rojo escarlata, había alargado un poco más sus pestañas, sonreía traviesa, mientras pasaba suavemente la lengua por los labios; con sus manos coquetas, invitó a Logan para que se acercara. Él estaba anonadado, sintió el calor y el éxtasis en el cuerpo, le inquietaba el movimiento de su lengua y el contoneo de su cadera incitándolo, el fino y delicado movimiento de sus manos. Él quería vivir estos momentos por siempre. Sonrió complacido, excitado, subió el escalón que le faltaba, comenzó a desabotonar su camisa.